Peligroso que un país con tanto poca clase política y tanto carroñero dedicado a la política, nos vengan a hablar de reformas a la constitución.
La que tenemos no sirve del todo, pero ayuda. Les molesta a los gobernantes de turno. No les impide del todo sus fechorías, pero les evita tomar el poder absoluto sobre nuestras vidas.
Errores hay. Graves.
El primero es que los textos constitucionales no limitan el ejercicio del poder. No establecen esferas fuera del alcance parlamentario. Cualquier cosa puede ser objeto de regulación legal y, por tanto, de limitación.
Otro grave error es que no establece cuáles son realmente los límites o las funciones del gobernante. Así tenemos que casi que el presidente puede celebrar misa sin que podamos a ciencia cierta decir que se está excediendo en sus funciones. Nuestra constitución da tantas “funciones” a los organismos del estado que ya no sabemos para qué existe tal o cual organismo.
Muchos dirán que esas no son falencias, sino que parte de la belleza de una constitución progresiva y desarrollada. Pero eso es cabalmente el error. Las constituciones tienen como función limitar el poder, no rellenar la piñata para que el elegido la rompa.
Lo peligroso es que una reforma por medio de una asamblea nacional constituyente implica que podrán modificar, los de siempre, toda la constitución. Si la que tenemos no viene de los partidos políticos y tiene estos errores, imagine lo que nuestros políticos de hoy harían con ella.

Mario E. Archila M.