Un tema controversial. Se habla que es mejor gravar con los llamados “impuestos directos” que los “indirectos”, pues en los directos se es más justo al gravar a los “ricos”, mientras que con los indirectos, se grava a los pobres consumidores.
Se dice así que aumentar los impuestos directos permite mejor redistribución de la riqueza. Ya acá tengo objeciones, pero las dejo para otra oportunidad. Mientras que aumentar los impuestos indirectos “aumenta los precios” para los consumidores.
Esto, sin embargo, no es cierto. Lo único que demuestra es una postura demagógica. Veamos:

1. ¿Qué busca el empresario cuando hace una empresa?
Una rentabilidad. Espera un retorno sobre su inversión.
Los impuestos directos, entonces, no son más que parte del costo de ese retorno de inversión. Por ello es que siempre se buscará trasladar el impuesto al precio. Según la elasticidad de la demanda de dicho producto en ese mercado, será o no posible.
Si no es posible, dejará de producir u optará por mecanismos que abaraten dichos costos.
El precio, por tanto, incluye el cálculo económico de dicho impacto tributario, simplemente el consumidor no puede saber cuánto es.

2. ¿El pago de impuesto, la tarifa efectiva, es el único costo que se calcula en la ecuación?
No. El empresario calcula sí impacto directo, su tasa efectiva de tributación: qué porcentaje de su ingreso bruto se queda como impuestos en el gobierno.
Luego calcula el costo de cumplimiento. A mayores requerimientos, complejidades legales, ambigüedades, frecuencia de fiscalización, tiempos de ajustes y costos de litigio tributario, mayor costo de cumplimiento. Cada nuevo requerimiento que una administración tributaria formula a un contribuyente, conlleva costo para el contribuyente. Es así que ese costo, el costo de cumplimiento, también es trasladado al precio o bien, evadido por mecanismos legales o ilegales.
Hay así un impuesto oculto, también incorporado al precio.

3. ¿De dónde sale la riqueza de los contribuyentes gravados por impuestos directos?
Sale de su capacidad de satisfacer necesidades de muchas personas. Un producto o servicio que no es apetecido por el público, no es consumido y por tanto, el empresario no lo vende y con ello, no obtiene ingresos, que resulta que son lo que se convierte en “recaudación”.
Es así que el impuesto es un costo al más eficiente y mejor satisfactor de necesidades de la población. Si los costos impositivos suben tanto que su retorno de inversión deja de ser atractivo, se dedicará a otra cosa, lo hará en la informalidad o lo hará en otro país.

El impuesto indirecto, por su parte, es visible -usualmente- y el consumidor dabe cuánto pagó por algo y cuánto por impuesto. Digo usualmente porque hay mecanismos que obligan a no revelarlo, como el impuesto a combustibles en Guatemala. Se paga el impuesto únicamente cuando se consume no cuando se gana dinero o se ahorra. Esto implica que tengo pleno control -no quiero entrar a la discusión del que no se puede controlar, gasta en cosas superfluas o que “necesita” consumir tal o cual producto, que no son la generalidad y no son necesariamente los consumidores más responsables- de lo que estoy dispuesto a pagar de impuesto. Se premia al ahorrador, al previsor, al cauto.

Dicho esto, realmente todo impuesto lo paga siempre el consumidor, ya sea desembolsando dinero, sufriendo las consecuencias de un mercado negro o no pudiendo comprar tal o cual satisfactor.

Mario E. Archila M.