Silueta

Salí de mi casa y fui al café.
El de siempre. Allí al que recurro cuando debo meditar de la vida.
Sin mucha atención me dispuse a sentarme con el latte grande con leche deslactosada de siempre.
Un joven sentado en el sillón de al lado me llamó la atención. Usaba la misma camisa que había sido mi favorita 20 años atrás.
Ya no logro ni recordar lo que era tener 17 años.
El aroma de café con leche llena mi entorno y me sumerjo en ese libro que tenía algo abandonado.
No lo puedo creer. El joven no sólo tiene mi camisa, soy yo. Mi mente me está jugando una gran broma… aunque recuerdo que hace 20 años tuve una muy extraña conversación.
Me acerco al joven y le pregunto que qué hace. “Estoy revisando programas de estudio para la Universidad. Es posible que pida una beca para estudiar en Europa”, me responde con un poco de pena.
“Yo estudié un año en Austria”, le digo, como para tranquilizarlo. Me cuenta sus planes y que busca estudiar en Austria también, pues estudia en el Austriaco. Realmente no es ninguna broma de mi cerebro.
Conversamos casi 2 horas. Qué ingenuamente inocente era hace 20 años. Creía que el mundo era un espacio en el que los títulos universitarios abrían las puertas.
Estudios se perfilaban en el futuro como la llave del éxito. Compartimos esos sueños y no pude más que tratar de explicarme que la vida no era una ecuación matemática tan simple.
La vida es una interacción con seres humanos que viven cada cual en su mundo y en sus cavernas. Cada uno escoge en dónde. Me expliqué, con el ánimo de recordarlo para esos momentos que sabía vendrían, que la vida te manda brazas calientes que debes sostener en las manos hasta tener callosidades que resistan la siguiente braza aún más caliente. Y todo ello, con una sonrisa. Los planes no están allí para ser cumplidos, sino para ser vividos. Que los podría modificar en cualquier momento. Que podría dejar de lado la prioridad de hacer una vida, por vivir una.
Me dije, con esa misma ingenuidad que tuve hace 20 años, mañana siempre es un mejor día que ayer, pues estás vivo y puedes remendar lo que rompiste, pero trata de nunca romper un corazón, pues remendar eso no está en ti, sino en el corazón roto.
Una luz de esperanza debía quedar, pues sabía que venían años de duda, de desconsuelo. De no saber si el camino correcto era ése. Ese joven de 17 años debía aprender a sufrir.
Tendría la beca, no tendría la pasión. Tendría la beca, no tendría la paz.
Las herramientas para ver que lo que anhelas no es siempre lo mismo que recibes. Ese joven debía saber que sus sueños no siempre lo harán feliz, pero que el camino por obtenerlos le dejará marcado el sendero para mejores sueños y mejores felicidades que las que pueda soñar.
A los 17 años uno seguramente cree que todo lo puede. Así era yo. Dicen por allí, le comentaba, que al ir madurando uno pierde ese ímpetu. Le pedí que se prometiera que nunca iba a dejar de pensar que todo lo podía y no permitiría que nadie le convenciera de lo contrario. Solo eso le sacará a flote en lo que está por venir.
No faltaba el tema del amor. No sabía que haría con esa novia que tenía y la posibilidad de irse de Guatemala.
Sin desilusionarlo, traté de hacer una de esas magistrales exposiciones de cómo el amor llega cuando se puede ser feliz en pareja. “Pareja”, palabra que implica equidad, igualdad. Dos enteros que se complementan. En aquel momento eran dos incompletos que se hacían compañía, que era muy distinto.
Creo que no me entendí.
Hablamos de la posibilidad de ver la nieve. Le dije “Disfrútala. Juega como ves a los niños de 4 años jugando. La nieve será cálida al jugar con ella y aliviará ese frío que sentirás en la soledad.”
Me confesó que tenía miedo de fracasar. Le aseguré que lo haría. Que el fracaso es el primer paso del éxito y que no puede nunca dejar que el fracaso llene su corazón. Le pedí que en cada fracaso llorara un rato y luego, como ave fénix, se levantará y saliera a dar batalla. Claro está, que ese joven aprendería eso años después y no luego de haber olvidado esas palabras.
Le repetí que los títulos universitarios nunca sostienen el peso de la vida. Que para sostener la vida se requerían pilares de carácter, integridad, lucha y perseverancia. Todo apoyado en el verdadero amor.
Me sonría el muchacho con gestos de aquella timidez que no le abandonaría nunca, mas podría llegar a enmascarar.
Creo que nunca entendí lo que me dije. La vida no es de lecciones habladas, sino de coleccionar uno mismo las cicatrices de las caídas y los vientos de las cumbres.
El café se vaciaba de las tazas. El tiempo corría.
La creatividad, le explicaba, te ayudará más que los libros de texto. El olfato, el instinto, será, muchas veces, mejor consejero que las lecciones magistrales. Eso sí, me dije firmemente, nunca creas que el camino a seguir es el fácil. El camino que debes tomar es que se pinta complicado. “Vé y búscate los poemas de Robert Frost, especialmente uno que habla del “Camino No Elegido” (Inglés o Español). Te gustará”, le aconsejé.
Dos horas de pensar en esos 20 años que nos separaban y encontrar que seguíamos estando en el mismo lugar. Él con el miedo al futuro. Yo con el miedo al futuro. Él sin entender las claves de la vida y yo creyendo saber algo más que él.
Empezará el 2013 y deberé, ahora, sentarme frente al espejo y recordarme todo esto, para así, construir el camino al sueño.
Así pasaré las fiestas y el año nuevo.
¿Usted, qué hará?

Mario E. Archila M.