El miedo a la libertad

La libertad es la capacidad de decidir. La gente, en general, sin embargo, le tiene miedo a la libertad. Fromm estudió ese fenómeno en un libro que le recomiendo “El miedo a la libertad”. En él trabaja las razones por las que el sistema político de la libertad llega a producir dictadores tan terribles como Hitler quienes eliminan cualquier libertad. Hoy día, en Guatemala, vemos que ese fenómeno surge en las conversaciones cotidianas. Muchas personas con las que he platicado pregunta “¿quién será el ‘gallo’ que nos guíe y nos lleve como país?” Y dicen también “el presidente no puede renunciar porque quién nos va a dirigir”

Esos cuestionamientos encierran la noción de que alguien debe decidir, por mí y por usted. Esa una noción de necesitar quién tome las riendas de nuestro futuro. Del suyo y del mío. Tenemos miedo a la libertad. 

Una “sociedad” no necesita a nadie para que la guíe. Necesita alguien que simplemente administre los recursos para cumplir ciertos servicios públicos, en el sentido propio de un servicio público. 

No es posible que nadie decida por usted, por su vecino y por mi. Con alguien que tenga disponibles los recursos para pagar al policía, al juez y mantenga libres de obstáculos los mecanismos que usted y yo dispongamos para cumplir “libremente” nuestras metas personales, sean comunes o no, pero si colaborando, logramos mucho. 

El miedo a la libertad viene del hecho que la libertad es para decidir. Una decisión nunca se puede tomar en un escenario de certeza plena del futuro. De tal manera que, siempre, decidir es tomar riesgos, aceptar grados de incertidumbre y parece ser, como Fromm estudia en su libro, que el cerebro humano no está del todo diseñado para la incertidumbre y por eso busca la comodidad de delegar la decisión en un tercero y dejarle la responsabilidad del futuro y del fracaso, a alguien más. Eso, aunque implique regalar la libertad y voluntariamente esclavizarse a ese tercero…

No. Dejemos de temerle a la libertad y asumamos las consecuencias de nuestros actos. Se logra un mejor futuro, aunque su cerebro no lo quiera aceptar de entrada. Retomemos, como ciudadanos, el control del “país”, exigiendo a los políticos propuestas en las que no decidan por nosotros, sino que nos garanticen esas condiciones en las que nosotros podemos decidir cómo colaborar con los demás y se garantice que nadie utilizará a otros para fines particulares. 

Es momento de tomar el control. 

Mario E. Archila M. 

República, ¿qué es?

Desde el ahora famoso video de Gloria Alvarez sobre el populismo video Gloria Alvarez se ha llevado alguna discusión respecto al contenido.
La mayoría, totalmente sin fundamento y un ataque directo y ofensivo a Gloria, no a la idea.
¿Importa dónde estudió Gloria para establecer que su idea es errónea? No. Eso es una falacia. ¿Importa dónde trabaja o ha trabajado para declarar que la idea es errónea? No. También sería una falacia. ¿Es la idea sobre la pobreza de un país solo válida si la expresa un pobre? Tampoco. Y así, otro montón de críticas. Las “mejores” que he leído en redes sociales es que “entona mal y se vistió feo” por lo que la idea expresada no puede estar bien. Eso es populismo.
Hay que tener claro que una idea es correcta o no, es un juicio verdadero o falso, por la idea, por el juicio mismo, no por cómo se expresa ni por quién lo dijo.
Es así que resulta bastante fuera de lugar que se pretenda decir que el discurso disfraza la izquierda de “populismo” y “la derecha” de República. Quien piense eso, no entendió el discurso y supongo no entendió porque no sabe qué quiere decir “república”.
Primero vamos a decir que “república” no es una palabra que se pone en el nombre de un país y ya. Así, por ejemplo, tanto la República Federal Alemana y la República Democrática Alemana serían lo mismo. O el Reino Unido de los Países Bajos y el Reino Unido de la Gran Bretaña no serían “República”.
En una república, el Estado no mata a sus disidentes. En una república, los fines de cada ciudadano son respetados mientras no interfieran con los fines del vecino y no impliquen el uso de la fuerza. En una República, ningún grupo, individuo o mayoría es superior al Derecho. Hay instituciones por encima de los caprichos de cualquier gobernante -tiranía- o capaces de encauzar por el espíritu del derecho a cualquier dictador.
La República no es un concepto adjetivo, de adorno. Es un concepto sustantivo, de esencia.
Regresando con los ejemplos dados, en Gran Bretaña o los Países Bajos (Holanda), hay república, pero son reinos. Esos reyes no son electos democráticamente, pero tienen autoridad -no necesariamente poder, pero sí autoridad- y sus parlamentos son los vehículos representativos.
Así es que no se llaman república, sino reino, pero nadie niega que son dos de los países con mayor respeto y garantía por la vida, la propiedad y la libertad de las personas. Es tan respetado su sistema, que los tribunales de Londres, Rotterdam y La Haya son utilizados mundialmente para resolver conflictos de toda índole.
A pesar de ser reinos, en esos países es innegable la protección a los derechos básicos e inalienables de todos sus ciudadanos. Los gobernantes ejercen verdadera autoridad. Es tanta la autoridad que ejercen, que a pesar de no tener armas, los policías en Londres mantienen el orden.
En estos países usted nunca oye de represiones contra personas que opinan distinto, el incumplimiento de un contrato se resuelve judicialmente muy rápidamente, pues se respetan derechos. Difícilmente hay un caso de corrupción o abuso de poder en dichos países.
Agregando al tema, recuerde que en Inglaterra, la Cámara Alta del Parlamento, no es electa, sino nombrada por el Rey. Son vitalicios y la Corte Suprema es parte de esa Cámara Alta. Eso garantiza la República, aunque dirán los ultra demócratas que esos sistemas no sirven pues no son “democráticos”.
Allí empieza el tema de fondo. La democracia no garantiza los derechos de nadie. Lo que garantiza los derechos de todos son esos mecanismos que permiten el gobierno de leyes y no de hombres.
El populismo surge cuando esos mecanismos no están implementados o son débiles. No es un tema ideológico, sino de realidad. Si el mecanismo permite que un grupo, individuo o mayoría oprima a otro, ¿a quién le importa si es derecha o izquierda? El populismo, por tanto, se cuela más fácilmente es sistemas democráticos sin limitaciones republicanas o con esas limitaciones muy mal establecidas.
Gran Bretaña o los Países Bajos tienen siglos de existir. Han sobrevivido, a pesar de tener reyes, gracias a que consolidaron sus instituciones republicanas. El rey no es todo poderoso. El parlamento tampoco. Los jueces son independientes de ambos en su actuar. La elección democrática de los representantes parlamentarios no puede servir para oprimir a la minoría que perdió. El primer ministro puede ser removido por incapacidad de gobernar y todos ellos están sujetos a ser procesados ante un juez ordinario. El poder del rey es limitado e imposible de ejercer más, sea por su voluntad o por deseos de algún grupo. Tendría que destruir todo el sistema.
Es por ello que el término “populismo” no se refiere a ideología, sino a perversión del sistema. Se trata de mecanismos de persuasión que buscan:
1. Perpetuar en el ejercicio del poder a un grupo, individuo o supuesta mayoría;
2. Sujetar los derechos de todos a la conveniencia de quien ejerce el poder;
3. Utilizar el puesto de gobierno para la propia conveniencia;
4. Convertir en dependientes del aparato gubernamental a los votantes mayoritarios;
5. Evitar la aplicación de la ley en los que ejercen dicho poder;
Lo que nos lleva a sistemas opresivos, sean de derecha -dictaduras- o de izquierda -tiranías.
En ese sentido, el populismo no es ideológico, sino sistémico. Es una estrategia para esos fines perversos. Pervierte el sistema mismo y busca hacer ver que se actúa dentro del marco legal. La forma prevalece y no la sustancia.

Por ello, si se va a criticar algún concepto, no lo hagamos sobre la forma, sino en su fondo.

Mario E. Archila M.

La cosa hay que separarla

¿Para qué se deben pagar impuestos?
Hay mucha confusión, tanto en los funcionarios como en los votantes.
Nuestra Constitución dice que se paga en relación a las necesidades del Estado y eso ayuda más a la confusión.
En la mente de muchos los impuestos son un mecanismo de solidaridad y vehículo para hacer caridad.
Eso es conceptualmente imposible. Por varias razones.
1. Ámbito de cada uno;
1. Razones de cada uno de esos ámbitos.

La solidaridad y la caridad son del ámbito privado. Son virtudes. Eso implica que me hago moralmente mejor si ejerzo dichas virtudes, mas nadie puede obligar a otro a que haga caridad o sea solidario. Tampoco le corresponde a un tercero juzgar si se está haciendo un bien con una acción caritativa a solidaria. Es una acción puramente privada. Del ámbito de la moral.
Los tributos, sin embargo, corresponden al mundo de lo público y de las relaciones de poder. Se utiliza el poder público para cobrarlos, para verificar su correcto cumplimiento. Es así que imposible de pensar que los impuestos son un mecanismo de solidaridad, caridad o beneficencia.
¿Pero, entonces, para qué sirven?
Sirven para cubrir servicios públicos. Esos servicios públicos son, principalmente, aquellos que su consumo no los agota y no pueden o no deberían ser prestados por particulares. Es así que los servicios de justicia, relaciones diplomáticas y el uso de la fuerza pública represiva, son por esencia, dichos servicios. Los demás, esos sí pueden ser prestados por particulares, como la educación, salud y hasta alguna infraestructura.
Es así que no es posible tratar las contribuciones que una persona pueda hacer de la misma manera. Tanto que tampoco son excluyentes unas de otras, por su ámbito ni por sus fines.

Mario E. Archila M.

Fuera judíos

Fuera judíos. Así sentenciaron a las orillas del lago de Atitlán los pobladores, con la complicidad del alcalde.
Merece comentario, por supuesto, un acto tan deplorable, abusivo, ofensivo y discriminatorio.
Es comparable en hechos a lo que sucede en Gaza, Siria o Irak y lo que el mundo ha vivido con regímenes racistas como EEUU hasta hace unas décadas, Sudáfrica o la Alemania Nazi.
Usted en su vida particular puede tener las preferencias que guste. Si es para casarse, preferir morenas, rubias, altas o bajas, en lo físico; inteligentes o no tanto, en lo intelectual; católicas, pentecostales, judías, musulmanas o ateas en las cuestiones de fe. Para contratar en su empresa, puede querer una cierta altura o tono de piel; preferir mujeres a hombres o al revés; etc. En su vida privada, aunque pueden ser criterios bien tontos, sus preferencias son SUS preferencias. En ese campo podemos tener alguna discrepancia de su conveniencia o inteligencia, pero nada más.
El siguiente grado es cuando provee ya un servicio al público. Allí ya no es tan “su preferencia” quiénes pueden ser sus clientes. Eso ya es discriminar y probablemente, muchos de los casos, pueden ser llevados a tribunales, penales o de derechos humanos.
El último grado, el caso que vivimos en Atitlán, es cuando se utiliza la fuerza del Estado, en este caso municipal, para imponer un criterio discriminador, por lo que sea -raza, credo, ideología política- que convierte el acto en una remembranza de los peores regímenes totalitarios de la historia.
El actuar del pueblo y la complicidad de su autoridad son actos condenables, por cualquier forma que se vea. El Estado está llamado, entre otros, a garantizar: la vida, la libertad y seguridad. Eso incluye la libertad religiosa, la libre movilidad y la igualdad ante la ley.
Es así que el alcalde se ha convertido de autoridad en criminal y nosotros, acá, cual ciudadano romano, viendo cómo se organiza el coliseo para tirar a los leones a quienes no comulgan con la religión del emperador.
No puede ser. Una república pondría tras las rejas al alcalde y sus compinches.
Basta ya de abusos en este país.

 

Mario E. Archila M.

Intereses sobre derechos

En los últimos días he tenido que ver comentarios que provocan que haya que hacer explicaciones doctrinarias y filosóficas.
Muchos creen que los intereses “sociales” deben prevalecer y por tanto el individuo debe ceder a dichos intereses.
Esa sentencia es un contrasentido lógico y una ignorancia de la razón de ser del Estado de Derecho.
Nuestra constitución establece que el interés social prevalece sobre el interés particular. Es evidente, pues las leyes deben ser “generales, abstractas e impersonales”. Si violamos el principio de la prevalencia del interés social sobre el particular, caeremos en legislar privilegios. Esto es así pues los privilegios no son más que intereses particulares que se hicieron prevalecer sobre intereses generales.
En mi Facebook se enojaron muchos porque puse una comparación entre una frase de Hitler y una de Hillary Clinton que sentenciaban, ambas, que el individuo estaba o debía estar supeditado a los intereses sociales. Decían que la comparación era tinta. Realmente no lo es. Lo que hay es diferencias de grado, no de sustancia. Un gobierno totalitario como el Nazi lo que hizo fue hacer prevalecer lo que vendieron como “interés social”: exterminar a los judíos. En el otro lado, una socialdemócrata o cualquier otro tipo de socialismo, hará prevalecer dicho interés social en lo que considere, disminuyendo al individuo.

Es así que, por ejemplo, rescatar bancos o subsidiar compra de bienes, aunque sean más nobles principios que exterminar judíos, ponen un interés social sobre todos los individuos. Es de grado.
Un gobierno republicano, con verdadera separación de poderes y respeto a los derechos de TODOS los ciudadanos, no utilizará el poder público para quitarle el producto del trabajo honrado a unos para que otros puedan gozar del subsidio. Aunque los “otros” sean la mayoría ficticia que llamemos “sociedad” y representen el “interés social” simplemente porque el producto de ese trabajo honrado es un Derecho, tal como la vida y su garantía era un derecho de los judíos.

Es, por tanto, importante ver que la legislación de privilegios es, SIEMPRE, una legislación que se disfraza de “interés social” para hacer prevalecer “intereses de grupos particulares” y SIEMPRE, violatoria de Derechos.

Es así que el interés general significa ausencia de privilegios y por tanto, prevalencia de DERECHOS. Derechos e intereses no son equivalentes. Es así que los intereses, sociales o particulares, en ningún momento pueden prevalecer sobre derechos, de uno, unos, muchos o todos.

Mario E. Archila M.